sábado, 1 de julio de 2017

La traición de Felipe VI vista por la prensa del Régimen

http://blogs.publico.es/repartidor/2017/07/01/la-traicion-de-felipe-vi/

Felipe VI se ha retratado esta semana excluyendo de las celebraciones del 40 aniversario de nuestros primeros comicios semilibres a su casto papá. Como de un rey, y menos emérito y Borbón, nadie espera malabares intelectuales, fue Raúl del Pozo en El Mundo el que tuvo que ponerle la lírica a la traición filial:
–¿No cree su majestad que no invitarle a la conmemoración de la democracia es como no invitar a Napoleón a la conmemoración de la batalla de Austerlizt?
–Sí, desde luego –respondió el locuaz salvador de España en un sms o un guasap, eso no lo explicita el cronista.
Desde que Juan Carlos I encontró su Waterloo en Botsuana, ya nadie se quiere acordar de lo campechano que era, ni de lo graciosamente que se embolsaba comisiones petrolíferas, ni de que nunca abjuró de sus adherencias al Movimiento Nacional franquista, detalles todos estos que lo hacían indispensable “para la gran mayoría de los españoles”, como generalizaría cualquier cronista de los periodicos antiguos.
Sucede esto pocos días después de que el turbio comisario Villarejo le sugiriera a Jordi Évole que el inmaculado Felipe VI –vía CNI– amenazó de muerte a Corinna y a su familia si no desparecían de la piel de toro, tras el Waterloo paquidermo del viejo monarca en Botsuana. Así se las gastan nuestros más elevados demócratas.
Lo cual que entre traiciones y fangos, sin contar duques a las puertas de la cárcel, se queda uno con la impresión de que la casa real española es un hervidero de intrigas y puñales, de hematocitos y cianuros, de polonios asaetados tras los cortinajes de Zarzuela. Otra cosa es que estas menudencias vayan a hacer tambalearse nuestra firme convicción en que Felipe VI está muy preparaó y es muy ejemplar, sólido baluarte de la unidad de España y faro de occcidente, por citar solo alguna de las cualidades estos días flameadas por la prensa.
Si le quitas a Felipe VI las sospechas de amenazas de muerte, los urdangarines y las traiciones filiales queda como lo que es: un rey estupendo al que hay que aplaudir todo el rato cuando dice endecasílabos de profunda hondura abisal, cual “la corona reafirma su compromiso irrevocable con la democracia”.
Por eso el periódico de la bola aseguraba en titulares que Podemos y los nacionalistas enfangan los festejos. Por no batir palmas. Así lo relata su editorial: “Ni los diputados de Podemos ni los del PNV aplaudieron al rey. Todas estas formaciones, con independencia de su ideología, deberían tener claro que el parlamento no es un circo”. Quizá ahí esté la razón de que no invitaran al domador de elefantes.
El ABC, que últimamente caza montoros con la misma displicencia con que otros cazamos gamusinos, ve en la falta de aplausos la evidencia de que “la izquierda extremista y el nacionalismo acumulan infamias contra la Transición”. La columnista Mayte Alcaraz va más allá en el mismo diario: “El proyecto de odio de Podemos no puede borrar una obra colectiva”.
La Razón lo que más le ha dolido en la coronaria no ha sido la falta de aplausos, sino que a diputados de distintas formaciones les diera el capricho de homenajear también a los luchadores por la democracia, esos que fueron torturados, asesinados y encarcelados mientras el hoy emérito levantaba el saludo fascista al lado del Generalísimo: “El acto en que Unidos Podemos y PSOE participaron representa la vuelta al enfrentamiento más trasnochado y a la renuncia a la convivencia”. O sea, que homenajear a un rey es bonito y unitario pero recordar a los muertos por la democracia es guerracivilista. No sé yo quién representa “la vuelta al enfrentamiento más trasnochado”.
También El País prefiere dejar descansar en paz a esos incómodos pobladores de nuestras cunetas: “El acto paralelo de Unidos Podemos y en el que participaron el PSOE y algunos partidos nacionalistas demuestra que ni la reconciliación ni el diálogo son hoy valores en alza para determinadas fuerzas políticas”. Está claro que el que no apalude incesantemente al rey no sale en los retratos de Antonio López.
Curiosa es la explicación que el diario de Prisa nos ofrece de la ausencia de Juan Carlos I en las solemnidades democráticas: “Los responsables últimos son los organizadores del acto, esto es, el Congreso y el Gobierno”. Angelito Felipe VI, que de repente buscó sin éxito a papá entre las bancadas del congreso de los diputados. Marco y su Mono Amedio comprenderán perfectamente la repentina consternación de don Felipe en aquel instante. Pobre, inocente chaval, allí solo, tan huérfano por la mierda esa de demócratas y sus protocolos. País.

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